Después de la eterna caída, de la oscuridad abismal en la que me hallaba vislumbré -por fin- un pequeño rayo de luz que se filtró por la ventana. Cerré los ojos con la expresión de quien nunca ha visto el sol.
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La habitación está a oscuras, la puerta cerrada. El mundo se ha quedado allá afuera y yo solo soy consciente de la línea dorada que dibuja la silueta de su espalda ante mis pupilas adormecidas. Se acerca a mí, despacio, y pega su piel a la mía; parece que el verano ha abierto las puertas del cielo y se ha acomodado en mi pecho. El calor de su torso pegado a mí me hace recordar los abrazos que mi madre me daba cuando era pequeña y tenía miedo por las noches, el beso en la frente que me dio mi padre cuando consideró que debía dejarme volar, la palmada en la espalda de un fiel amigo, el achuchón de "siempre estarás en mí" de mi mejor amiga antes de coger ese avión. Me devuelve el alma cada segundo que permanece abrazándome. Levanto mi mano y observo como los pocos hilos de luz anaranjada que hay en el cuarto se filtran entre mis dedos como si los quisieran esquivar, la apoyo en su espalda y me dedico a fingir que éstos son patinadores profesionales en las infinitas pistas que hay para recorrer por sus dorsales; costilla a costilla los patinadores saltan, vuelan, planean, chocan con el suelo y deslizan, bailan con el hielo -aunque este quema- y graban en sus mentes cada milímetro del viaje.
Igual que un gato ensimismado me pierdo observando su cuerpo desnudo frente al mío, su pecho caoba, las curvas que forman los músculos de su torso cuando ríe; oh, su sonrisa...Por un momento hay luz en la estancia, vuelvo a mi niñez y hago volar de nuevo la cometa que el mar engulló en la tormenta de mi vida. Me siento en mí después de años de pérdida. Ríe y río con él, y estallamos en mil batallas que nadie gana ni pierde; estallamos en estómagos que tiritan, en manos que se pelean por llegar antes a su destino y en lágrimas en los ojos, que terminan por llenarse de las imágenes más bellas. Jamás antes había sentido la complicidad infiltrándose en mi interior con tanta fuerza, la falta de corazas, el amor respirando fuerte a través de nuestros iris. Como si él fuese yo y yo él, no existimos más allá del otro. Entrelazamos mentes y cuerpos, rodamos, bromea, me enfado, me abrazo a él, no quiere, insisto, ríe de nuevo y entonces; firme, me atrae hacia si mismo. Las yemas de sus dedos se funden con mi desnudez acariciándola al ritmo de un valse lento de Chopin, desde mis piernas hasta mi clavícula, pasando por mi cintura y deteniéndose -con una minuciosidad casi excéntrica - en mis pechos, cruzando el lago de mis labios que se hacen agua si los roza, rodeando mi mandíbula y quedándose entonces totalmente inmóvil.
Siento su mirada clavarse en mi rostro y vislumbro su boca entreabrirse; viene a por mí despacio. Me besa. Deja caer sobre mis sueños la humedad de su lengua suave, de sus rincones por explorar, de las nubes que tiene por labios, y se enreda; se enreda con mis deseos y los hace realidad por segundos, se desvanece toda inseguridad y solo puedo pensar en cuánto tiempo he esperando a sentirme acunada por unos brazos que no me soltaran. "Te amo" susurra. Las cosas importantes se dicen en voz baja para que solo pueda oírlas quien deba escucharlas. Rodea mis hombros con un brazo y apoyo mi cabeza en su pecho, respiro hondo llenándome de ese olor a humo y hierba mojada, a cereza ácida. Me estrecha hacia si y me besa el pelo. "Buenas noches." y dormimos con la paz de un bebé recién nacido; aunque en realidad ¿Qué somos si no un solo ser que acaba de abrir sus ojos al mundo?
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