sábado, 31 de enero de 2015

Cuando le conocí.

Entro a la sala y me hago hueco entre la gente, hay tanta que me cuesta respirar. Acerco el vaso a mi boca y bebo por última vez antes de tirarlo al suelo. El ruido del cristal rompiéndose contra éste no es más que un eco extendiéndose en el vacío de los oídos de quien realmente presta atención. Camino hacia delante decidida sin dejar de sacudirme por la música. El sonido eléctrico se me clava en los oídos y me hace vibrar con él, cierro los ojos y bailo. Bailo al son de una música que acelera constantemente enloqueciendo mis sentidos. Abro los ojos y le veo. Entre la multitud hay alguien que llama mi atención, sus ojos perdidos parecen verme pero dudo que sea consciente de lo que ve, su cuerpo se sacude como si pudiera ser su última noche en este mundo y ni si quiera le importase, me mira fijamente y sonríe. Arqueo una ceja. ¿Sabrá dónde se mete? “Sígueme” pronuncio, y parece entenderlo pues en menos de un segundo lo tengo detrás. Siento una mano en el hombro y me giro de inmediato, me empuja y choco contra algo duro; pared. Ahora sus ojos están clavados en los míos y podría asegurar que están hechos de fuego, mierda ¿Sé yo donde me estoy metiendo? Arrastra su mano desde mi hombro hasta mi cintura sin dejar de tocarme y se muerde un labio. Se lleva la mano al bolsillo y sin articular palabra saca de éste una bolsita con dos pastillas dentro.  Saca una y me la enseña sonriente; es roja y tiene dibujada la cara de un mono, no la conozco pero no me asusta así que entreabro los labios y dejo mi lengua a la vista. Me mira impresionado y se lleva la pastilla a la boca “A mí modo.” susurra mientras se acerca peligrosamente a la mía. Aprieta la mano que aún está en mi cintura y me estremezco, aprieta sus labios contra los míos y su lengua busca seguridad dentro de mi boca; se la doy y a cambio recibo mi premio, la pastilla. Veo como sonríe mientras aún me besa y sonrío con él. La pastilla comienza a soltar un sabor amargo y hago una mueca “Traga.” Ríe. Supongo que era de lógica pero no estaba concentrada en pensar. Trago y siento como la pastilla viaja por mí y se deshace mezclándose con mi sangre. Acerca un vaso a mis labios y bebo, el vodka alivia el sabor amargo.  La vista se me emborrona y veo como traga la segunda pastilla. Me mira de nuevo. Lo agarro de la mano y lo acerco a mí, miro el reloj. ¿Media hora? ¿Hace ya media hora que estoy con él? No puede ser. Ríe y creo que es consciente de lo que me acaba de ocurrir, me estrecha contra él y pega los labios a mi oído “¿Te preocupa perder el tiempo?” Siento su abdomen pegado al mío y puedo oír los latidos rápidos de mi corazón mezclándose con su voz y la música. Sí, sí me preocupa ¿Por qué no me ha besado más? No quiero contestar así que en lugar de eso me agarro a su nuca y le beso yo, no necesitará más respuesta.  Su lengua choca con la mía como si se conocieran de toda la vida, se entrelazan, se unen y se separan, se buscan. Y de repente siento que me he pinchado y el sabor a sangre me llena la boca, espera ¿Pinchado? ¿Con qué? Siento su sonrisa de nuevo sobre mi piel y algo brilla en ella, colmillos. Genial, un demonio. Lejos de acobardarme me agarro a él con más fuerza ¿Cuánto daría un humano por estar en su cama? Los sonidos son huecos y el aire parece no pesar, me siento acelerada y con la fuerza de mil huracanes, nada importa; la gente que pasa por delante nuestro, el humo en la sala, las chicas bailando, no importa. Le quiero más cerca. Pego mi pecho al suyo y gruñe, el ruido sale del pecho y llega a mis oídos como si tuviese delante a un león ronroneando ante su presa. Debo ser un caramelo a sus ojos y pienso ser de menta.  El mundo da vueltas a mis pies (sí, a mis pies) y me siento la reina de un baile que ni se ha celebrado aún. Intentando respirar me separo de su cuerpo y agarrándole la mano le guío fuera de la sala principal. Ser amiga del jefe tiene sus ventajas y esta vez van a servir de algo. Freno frente a la única puerta negra y saco la pequeña llave del bolsillo de la cazadora y la abro. Todo sigue igual que la primera vez que la vi y nunca pensé usarla, no así. La cama cubierta por sábanas blancas, las paredes color crema y el cabezal forjado en hierro. El escritorio lleno de accesorios  y el sillón. Tiene todo lo que necesito ahora mismo. Sonrío y entro tambaleándome, me sigue. Sabe qué clase de habitación es esta y muy consciente de ello cierra la puerta tras de sí. Me acerco a él, estira sus brazos hacia mí, los pasa por mis hombros y a medida que camino él me quita la cazadora. Me agarra de una sola mano y me hace girar sobre mí misma. “Quieta.” Le hago caso. Tira la chaqueta al suelo y se sienta en el borde de la cama. “Arrodíllate.” Lo hago sin pensar, sus ojos están tan clavados en los míos que soy incapaz de no obedecer. “Ven aquí, nena.” Dice lentamente, disfruta cada palabra. Gateo como puedo hasta el borde de la cama y mientras lo hago un hormigueo se inicia en mi vientre y recorre todo mi cuerpo.  Vuelvo a arrodillarme, pero esta vez mi mandíbula casi roza sus rodillas. Me agarra del pelo y con sumo cuidado me inclina la cabeza “Mírame” susurra. “¿Sabes quién soy?” Asiento. Ríe. “Oh, lo sabe! Está bien, porque yo sé quién eres tú y hacía tiempo que quería tener una charla.. A solas.” Desliza el dedo por mi clavícula y aparta mi pelo, baja el tirante del vestido hasta que éste cae sobre mi hombro. “De pie.” Me levanto del suelo.  Aprieta su cara contra mi cadera y el vestido es tan ajustado que casi puedo sentir su respiración sobre mi piel. Me ordena girarme y en menos de diez segundos el vestido está en el suelo, me estremezco.  Pasa las yemas de sus dedos por cada una de mis vertebras y me arqueo al tacto. Le miro fijamente y es mi turno, me siento sobre él y le empujo hasta que su espalda cae sobre el colchón. Desabrocho los botones de su camisa y con un solo gesto cae al suelo. Siento sus manos arder sobre mi cintura y sus labios se entreabren en busca de oxígeno. Me agacho sobre él y le beso de nuevo. Me separo un instante y recorro su cuello con la lengua, muerdo.  Rasgo la piel con los dientes y siento como la sangre me inunda la boca de nuevo. Gruñe y me clava las uñas en la espalda. “zorra.” Escupe entre dientes. “¿Estás seguro de saber quien soy?” juego con las palabras que salen de mi boca y él asiente satisfecho. Se libra de mí con una sola mano y en cuanto me doy cuenta estoy a solas en la cama. El techo da vueltas y río. Le veo acercarse hasta el escritorio y mi cuerpo se tensa. Vuelve con esposas en la mano y una vela. Sonríe y los colmillos relucen bajo la luz anaranjada de la lámpara.

Rodea mis muñecas con las esposas; son de cuero negro y están llenas de pinchos metálicos. Después las ata al cabezal de la cama evitando que pueda moverme. Chasquea los dedos y la vela se enciende. Se sienta sobre mí y me lame el torso de abajo a arriba. Su saliva brilla por la luz de la vela y su lengua está ardiendo. La vista perdida en mí y su mano libre recorriéndome con prisa. Con la templanza de un monje inclina la vela sobre  mí. No quiero mirar. Uno, dos, tres. Arde. Miles de gotas ardiendo caen sobre mi piel y arqueo la espalda mientras suelto un gemido. Vuelve a chasquear los dedos y la cera desaparece, la vela se apaga. “¿Eres mía?” dice mientras me muerde una cadera.  Asiento. “repítelo.” “Sí.” “¿Sí qué?” Muerde más fuerte. “Soy tuya.” Tiemblo al oír tal confesión salir de mis labios y él me agarra firmemente. Un líquido caliente resbala por mi cintura, sangre. La lame y succiona la herida, me mira y veo sus labios cubiertos de mi sangre granate. Se acerca a mí y me besa llenándome la boca de ella. Es ácida. Estiro la mano hacia la cazadora y automáticamente la bolsita que hay en el bolsillo flota hasta mí. La abro y meto un dedo en su boca, después en la bolsa y esta vez en mi boca. El sabor amargo me invade pero es agradable, los polvos blancos se pegan a mis dedos cada vez que los acaricio y su lengua los arranca sin cuidado. Una vez la bolsa está vacía reiniciamos nuestro ritual. El mundo da vueltas y yo estoy subida en él, su respiración sobre mi cuello parece eterna, las uñas en mi espalda, las marcas de sus manos en todo mi cuerpo y las sábanas blancas que parecen rojas. Sus dientes en mis labios y su cadera rítmicamente chocando contra la mía. Gimo en sus oídos, bailo bajo su cuerpo y le miro fijamente. “Sabía que no eras un puto ángel.” Escupe.  

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