Entro a la sala y me hago hueco entre la gente, hay tanta
que me cuesta respirar. Acerco el vaso a mi boca y bebo por última vez antes de
tirarlo al suelo. El ruido del cristal rompiéndose contra éste no es más que un
eco extendiéndose en el vacío de los oídos de quien realmente presta atención.
Camino hacia delante decidida sin dejar de sacudirme por la música. El sonido
eléctrico se me clava en los oídos y me hace vibrar con él, cierro los ojos y
bailo. Bailo al son de una música que acelera constantemente enloqueciendo mis
sentidos. Abro los ojos y le veo. Entre la multitud hay alguien que llama mi
atención, sus ojos perdidos parecen verme pero dudo que sea consciente de lo
que ve, su cuerpo se sacude como si pudiera ser su última noche en este mundo y
ni si quiera le importase, me mira fijamente y sonríe. Arqueo una ceja. ¿Sabrá
dónde se mete? “Sígueme” pronuncio, y parece entenderlo pues en menos de un
segundo lo tengo detrás. Siento una mano en el hombro y me giro de inmediato,
me empuja y choco contra algo duro; pared. Ahora sus ojos están clavados en los
míos y podría asegurar que están hechos de fuego, mierda ¿Sé yo donde me estoy
metiendo? Arrastra su mano desde mi hombro hasta mi cintura sin dejar de
tocarme y se muerde un labio. Se lleva la mano al bolsillo y sin articular
palabra saca de éste una bolsita con dos pastillas dentro. Saca una y me la enseña sonriente; es roja y
tiene dibujada la cara de un mono, no la conozco pero no me asusta así que entreabro
los labios y dejo mi lengua a la vista. Me mira impresionado y se lleva la pastilla
a la boca “A mí modo.” susurra mientras se acerca peligrosamente a la mía.
Aprieta la mano que aún está en mi cintura y me estremezco, aprieta sus labios
contra los míos y su lengua busca seguridad dentro de mi boca; se la doy y a
cambio recibo mi premio, la pastilla. Veo como sonríe mientras aún me besa y
sonrío con él. La pastilla comienza a soltar un sabor amargo y hago una mueca
“Traga.” Ríe. Supongo que era de lógica pero no estaba concentrada en pensar. Trago
y siento como la pastilla viaja por mí y se deshace mezclándose con mi sangre.
Acerca un vaso a mis labios y bebo, el vodka alivia el sabor amargo. La vista se me emborrona y veo como traga la
segunda pastilla. Me mira de nuevo. Lo agarro de la mano y lo acerco a mí, miro
el reloj. ¿Media hora? ¿Hace ya media hora que estoy con él? No puede ser. Ríe
y creo que es consciente de lo que me acaba de ocurrir, me estrecha contra él y
pega los labios a mi oído “¿Te preocupa perder el tiempo?” Siento su abdomen
pegado al mío y puedo oír los latidos rápidos de mi corazón mezclándose con su
voz y la música. Sí, sí me preocupa ¿Por qué no me ha besado más? No quiero
contestar así que en lugar de eso me agarro a su nuca y le beso yo, no
necesitará más respuesta. Su lengua
choca con la mía como si se conocieran de toda la vida, se entrelazan, se unen
y se separan, se buscan. Y de repente siento que me he pinchado y el sabor a
sangre me llena la boca, espera ¿Pinchado? ¿Con qué? Siento su sonrisa de nuevo
sobre mi piel y algo brilla en ella, colmillos. Genial, un demonio. Lejos de
acobardarme me agarro a él con más fuerza ¿Cuánto daría un humano por estar en
su cama? Los sonidos son huecos y el aire parece no pesar, me siento acelerada
y con la fuerza de mil huracanes, nada importa; la gente que pasa por delante
nuestro, el humo en la sala, las chicas bailando, no importa. Le quiero más
cerca. Pego mi pecho al suyo y gruñe, el ruido sale del pecho y llega a mis
oídos como si tuviese delante a un león ronroneando ante su presa. Debo ser un
caramelo a sus ojos y pienso ser de menta.
El mundo da vueltas a mis pies (sí, a mis pies) y me siento la reina de
un baile que ni se ha celebrado aún. Intentando respirar me separo de su cuerpo
y agarrándole la mano le guío fuera de la sala principal. Ser amiga del jefe
tiene sus ventajas y esta vez van a servir de algo. Freno frente a la única
puerta negra y saco la pequeña llave del bolsillo de la cazadora y la abro.
Todo sigue igual que la primera vez que la vi y nunca pensé usarla, no así. La
cama cubierta por sábanas blancas, las paredes color crema y el cabezal forjado
en hierro. El escritorio lleno de accesorios
y el sillón. Tiene todo lo que necesito ahora mismo. Sonrío y entro
tambaleándome, me sigue. Sabe qué clase de habitación es esta y muy consciente
de ello cierra la puerta tras de sí. Me acerco a él, estira sus brazos hacia
mí, los pasa por mis hombros y a medida que camino él me quita la cazadora. Me
agarra de una sola mano y me hace girar sobre mí misma. “Quieta.” Le hago caso.
Tira la chaqueta al suelo y se sienta en el borde de la cama. “Arrodíllate.” Lo
hago sin pensar, sus ojos están tan clavados en los míos que soy incapaz de no
obedecer. “Ven aquí, nena.” Dice lentamente, disfruta cada palabra. Gateo como
puedo hasta el borde de la cama y mientras lo hago un hormigueo se inicia en mi
vientre y recorre todo mi cuerpo. Vuelvo
a arrodillarme, pero esta vez mi mandíbula casi roza sus rodillas. Me agarra
del pelo y con sumo cuidado me inclina la cabeza “Mírame” susurra. “¿Sabes
quién soy?” Asiento. Ríe. “Oh, lo sabe! Está bien, porque yo sé quién eres tú y
hacía tiempo que quería tener una charla.. A solas.” Desliza el dedo por mi
clavícula y aparta mi pelo, baja el tirante del vestido hasta que éste cae
sobre mi hombro. “De pie.” Me levanto del suelo. Aprieta su cara contra mi cadera y el vestido
es tan ajustado que casi puedo sentir su respiración sobre mi piel. Me ordena
girarme y en menos de diez segundos el vestido está en el suelo, me
estremezco. Pasa las yemas de sus dedos
por cada una de mis vertebras y me arqueo al tacto. Le miro fijamente y es mi
turno, me siento sobre él y le empujo hasta que su espalda cae sobre el
colchón. Desabrocho los botones de su camisa y con un solo gesto cae al suelo.
Siento sus manos arder sobre mi cintura y sus labios se entreabren en busca de
oxígeno. Me agacho sobre él y le beso de nuevo. Me separo un instante y recorro
su cuello con la lengua, muerdo. Rasgo
la piel con los dientes y siento como la sangre me inunda la boca de nuevo.
Gruñe y me clava las uñas en la espalda. “zorra.” Escupe entre dientes. “¿Estás
seguro de saber quien soy?” juego con las palabras que salen de mi boca y él
asiente satisfecho. Se libra de mí con una sola mano y en cuanto me doy cuenta
estoy a solas en la cama. El techo da vueltas y río. Le veo acercarse hasta el
escritorio y mi cuerpo se tensa. Vuelve con esposas en la mano y una vela. Sonríe
y los colmillos relucen bajo la luz anaranjada de la lámpara.
Rodea mis muñecas con las esposas; son de cuero negro y
están llenas de pinchos metálicos. Después las ata al cabezal de la cama
evitando que pueda moverme. Chasquea los dedos y la vela se enciende. Se sienta
sobre mí y me lame el torso de abajo a arriba. Su saliva brilla por la luz de
la vela y su lengua está ardiendo. La vista perdida en mí y su mano libre
recorriéndome con prisa. Con la templanza de un monje inclina la vela
sobre mí. No quiero mirar. Uno, dos,
tres. Arde. Miles de gotas ardiendo caen sobre mi piel y arqueo la espalda
mientras suelto un gemido. Vuelve a chasquear los dedos y la cera desaparece,
la vela se apaga. “¿Eres mía?” dice mientras me muerde una cadera. Asiento. “repítelo.” “Sí.” “¿Sí qué?” Muerde
más fuerte. “Soy tuya.” Tiemblo al oír tal confesión salir de mis labios y él
me agarra firmemente. Un líquido caliente resbala por mi cintura, sangre. La
lame y succiona la herida, me mira y veo sus labios cubiertos de mi sangre
granate. Se acerca a mí y me besa llenándome la boca de ella. Es ácida. Estiro
la mano hacia la cazadora y automáticamente la bolsita que hay en el bolsillo
flota hasta mí. La abro y meto un dedo en su boca, después en la bolsa y esta
vez en mi boca. El sabor amargo me invade pero es agradable, los polvos blancos
se pegan a mis dedos cada vez que los acaricio y su lengua los arranca sin
cuidado. Una vez la bolsa está vacía reiniciamos nuestro ritual. El mundo da
vueltas y yo estoy subida en él, su respiración sobre mi cuello parece eterna,
las uñas en mi espalda, las marcas de sus manos en todo mi cuerpo y las sábanas
blancas que parecen rojas. Sus dientes en mis labios y su cadera rítmicamente
chocando contra la mía. Gimo en sus oídos, bailo bajo su cuerpo y le miro
fijamente. “Sabía que no eras un puto ángel.” Escupe.
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