Caerá sobre tus ojos el
velo negro que me despide, lloverán angustias en mi pecho, lloraré las cien
batallas que guardaba bajo las sábanas, gritará el amor por confundirse con
odio. Subirán al cielo las almas puras, el mundo será nuestro entonces aunque ya
estaremos muertos.
Deja que vacíe el corazón
en líneas que no leerás, deja que hunda el bote salvavidas que me regalaste y
luego ría, déjame y vete, que quedarte a mi lado es echarte al cuello un ancla
de cien toneladas. Déjame y vete, vuela, que igual que viniste encontrarás
camino de vuelta a las cuevas dónde solías refugiarte de mis tormentas, de los
rayos que descargaban su electricidad sobre nuestras sedientas bocas. Sedientas
del alcohol que le dio vida a nuestro sexo,
sexo que aniquiló cualquier esperanza de cordura en estas pupilas que se
hablaban entre ellas más que nosotros mismos, que conocían los secretos que
dormitan en los girones y recovecos de estas vidas tan insulsas. No te vayas,
quédate esta noche, haz polvo los recuerdos que vomito entre coágulos de
sangre, haz polvo las noches de ronda en las que te perdí, destroza con miradas
las murallas que no te dejan entrar a castillo y encuentra en la torre aquello
que siempre fue tuyo –yo-. Quédate esta noche, volemos con los cuervos que sacaron a pasear
nuestra locura, volemos con las gaviotas que dormían en Oniria. Quédate esta
noche, que hace frío, que los parpados pesan, que el mundo agota, que muero si
no me besas.
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