sábado, 31 de enero de 2015

El mundo será nuestro entonces aunque ya estaremos muertos.

Caerá sobre tus ojos el velo negro que me despide, lloverán angustias en mi pecho, lloraré las cien batallas que guardaba bajo las sábanas, gritará el amor por confundirse con odio. Subirán al cielo las almas puras, el mundo será nuestro entonces aunque ya estaremos muertos.

Deja que vacíe el corazón en líneas que no leerás, deja que hunda el bote salvavidas que me regalaste y luego ría, déjame y vete, que quedarte a mi lado es echarte al cuello un ancla de cien toneladas. Déjame y vete, vuela, que igual que viniste encontrarás camino de vuelta a las cuevas dónde solías refugiarte de mis tormentas, de los rayos que descargaban su electricidad sobre nuestras sedientas bocas. Sedientas del alcohol que le dio vida a nuestro sexo,  sexo que aniquiló cualquier esperanza de cordura en estas pupilas que se hablaban entre ellas más que nosotros mismos, que conocían los secretos que dormitan en los girones y recovecos de estas vidas tan insulsas. No te vayas, quédate esta noche, haz polvo los recuerdos que vomito entre coágulos de sangre, haz polvo las noches de ronda en las que te perdí, destroza con miradas las murallas que no te dejan entrar a castillo y encuentra en la torre aquello que siempre fue tuyo –yo-. Quédate esta noche,  volemos con los cuervos que sacaron a pasear nuestra locura, volemos con las gaviotas que dormían en Oniria. Quédate esta noche, que hace frío, que los parpados pesan, que el mundo agota, que muero si no me besas.

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