sábado, 31 de enero de 2015

Eres fuerte.

Salgo del coche y echo a correr, el frío nocturno me invade meciéndome y salvándome del calor del día, me agacho y me quito los zapatos. Sigo corriendo, corro tanto que me duelen los pulmones y apenas respiro, me siento viva. Río. Vuelvo a reír. Freno. Miro al cielo y me pierdo entre las infinitas estrellas que se pueden observar desde aquí arriba, giro sobre mí misma extendiendo los brazos y el Universo parece girar conmigo. Doy tantas vueltas que me mezclo con los astros y ellos conmigo, me acompañan mientras intento acariciarlos con las puntas de los dedos, comienzo a saltar. Giro y salto atrapando a las constelaciones que se mueven sobre mí como si también quisieran tocarme, caigo. Caigo sobre un césped frío y mojado, pienso en lo que acaba de ocurrir y vuelvo a iniciar mi comedia particular, el aire entra y sale de mí con más fuerza incluso que mis carcajadas. Huele a campo, a libertad, a un sábado de verano, huele a incienso y lavanda, a humo y…Cereza ácida. Ladeo mi cabeza hacia un lado aun sonriendo; “Estás loca” dice. Sus ojos marrones evitan el contacto con los míos, pero sé que me ve igualmente. No parece divertirle mi espectáculo, sus facciones se endurecen cuanto más me mira y si no supiera que suele hacerlo no podría dejar de preguntarme qué está pensando. Él tiene esa mirada de interrogatorio que parece desnudarte constantemente, los labios formando una línea recta y la expresión seria. Me uno a su seriedad y respiro tranquila, momento de euforia superado. “¿Quieres?” dice alargando hacia mí la botella “Hoy no.” Contesto calmada. Me mira extrañado y encoge los hombros “Está bien.” Abandona la idea de la botella y se pone de pie tendiéndome una mano, sin hacer preguntas la acepto y me levanto. Me guía hasta una colina y frena en seco, estoy desconcertada pero mantengo mi silencio, confío lo suficiente como para que no me preocupen sus intenciones.  Se lleva una mano a la muñeca y desata el pañuelo que hay en ella “Ven, véndame los ojos.”  “¿Qué?” “ Nada de preguntas, hazlo.” Me extraño pero sigo sus instrucciones, le vendo los ojos y lo guío hasta lo más alto de la colina, frenamos delante de un precipicio y él continúa con sus órdenes “¿Hemos llegado? Ponme de espaldas a él.” Le giro y queda totalmente de espaldas al borde de la inmensidad “Dame las manos.” Se las doy  y espero.  Como quien juega en el patio de la escuela sonríe y se deja caer lentamente hacia atrás, le aprieto las manos. “¿¡Qué haces!? ¡Para!” Sigue inclinándose y comienza a pesar en mis brazos.  “¡Por favor!” Comienza a reír y me tiritan las manos “¡¡Basta!!”  Por fin parece que su rostro se relaja y su cuerpo vuelve a un ángulo normal, se baja la venda de los ojos y sonríe. ¿Sonríe? ¿Cómo puede? Aún con sus manos agarradas a las mías tiro de él y le alejo del precipicio “¿Estás loco?” Aún no me puedo creer que siga en frente mío sonriendo como si nada. "Confío en ti, eres fuerte" Susurra. Rompo a llorar. ¿Lo soy?

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