sábado, 31 de enero de 2015

Heridas del alma (Entiéndase el texto como una gran metáfora).

-Esto no va a ser bonito-dice casi escupiendo las palabras.
Me rodeo las rodillas con los brazos y me acurruco en la esquina del cuarto. La sala es pequeña y fría, las paredes son de un gris intenso y lo único mínimamente humano que se halla dentro de ellas es un colchón viejo tirado en el suelo.  Me duele el cuerpo entero, los morados y las heridas son tantos que ni si quiera puedo sentirlos por separado. Le miro con asco una vez más y no puedo sostenerle la mirada, me hundo. ¿Por qué mentir? Estoy cansada de ser fuerte, quiero llorar aunque me resulte imposible por el momento.
-Ven aquí, putita.-sonríe.
No me veo con fuerzas para moverme, no me veo con fuerzas para nada pero sé que si no voy lo lamentaré después. Gateo como puedo hasta el centro de la habitación y busco a tientas con mis manos su cintura, está arrodillado sobre el colchón.
-Bien, así me gusta, ven aquí.
Me acaricia la nuca y deja que me estire a sus pies hecha un ovillo. Disfruta de mi debilidad, lo sé. Me agarro a sus piernas y tiemblo, todo está muy frío aquí.  Tengo miedo, se qué va a suceder y aún así me gusta imaginar de nuevo sus manos sobre mi pequeño cuerpo, su lengua recorriéndome sin piedad alguna y la avaricia de su piel buscando chocar con la mía. Me estremezco al pensarlo y él suelta una carcajada. A ciegas intuyo que se ha arqueado sobre mí pues introduce dos de sus dedos en mi boca lentamente. Son ásperos y definidos, fuertes. Mi lengua se cruza con ellos, los acaricia, los mece y los acuna y mis labios hacen de almohada. Entran y salen tan lentamente que comienzo a sentir un hormigueo en el vientre, quiero más. Alargo una mano hasta su cadera y me agarro a ella, toque donde toque en su torso siempre hay esperándome algún músculo frío…Estúpido y cruel Adonis. Me agarra de la muñeca y me obliga a ponerme a su altura, me tambaleo pero logro no caerme antes de que sus manos me rodeen con firmeza.
-Vaya, alguien me ha echado de menos ¿Eh?- asiento en silencio y aprieta con fuerza sus dedos sobre mi piel, duele. -¿Me echabas de menos? Dilo.
-Sí- un débil hilo de voz deja entrever mi estado y él parece estar satisfecho.  
Se acerca a mí y logro ver un destello que proviene de sus ojos, lujuria. Sonríe y me besa con la misma brutalidad de siempre, sus labios me placan, su lengua es el mejor detective que ha pasado por mi boca y sus manos bastas me inspeccionan al milímetro.
De un empujón me obliga a caer de nuevo, pero pongo las manos antes de encontrarme el colchón de cara.
-Quédate así.

Apoyada sobre codos y rodillas, tirito de nuevo, mi cuerpo se sacude y ya no sé si es por el frío, las heridas o él. Siento su mirada puesta en mí, en la escasa ropa que llevo, en los morados, en mi pelo enredado, en mi piel cenicienta o mucho más simple que eso, en la postura que adopto. Oigo un golpe seco y automáticamente comienza a dolerme una nalga, después masajea la zona sin cuidado alguno y repite la acción varias veces, me excita. Se inclina hacia delante y vuelve a meter dos dedos en mi boca, esta vez poco tiempo pues sus planes son otros. Húmedos, siento como los roza suavemente contra mi ropa interior y no puedo evitar querer que la aparte de una vez. Como si se tratase de un milagro, el cielo escucha mi pensar y él decide eliminar la poca ropa que hay entre su cuerpo y el mío. Me separa las piernas bruscamente y muerde una de ellas. Me quejo. Ríe. Sé que el dolor será mi condena, pero cómo la deseo. No cesará más que con la muerte.

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