-Esto no va a ser bonito-dice casi escupiendo las palabras.
Me rodeo las rodillas con los brazos y me acurruco en la
esquina del cuarto. La sala es pequeña y fría, las paredes son de un gris
intenso y lo único mínimamente humano que se halla dentro de ellas es un
colchón viejo tirado en el suelo. Me
duele el cuerpo entero, los morados y las heridas son tantos que ni si quiera
puedo sentirlos por separado. Le miro con asco una vez más y no puedo
sostenerle la mirada, me hundo. ¿Por qué mentir? Estoy cansada de ser fuerte,
quiero llorar aunque me resulte imposible por el momento.
-Ven aquí, putita.-sonríe.
No me veo con fuerzas para moverme, no me veo con fuerzas
para nada pero sé que si no voy lo lamentaré después. Gateo como puedo hasta el
centro de la habitación y busco a tientas con mis manos su cintura, está
arrodillado sobre el colchón.
-Bien, así me gusta, ven aquí.
Me acaricia la nuca y deja que me estire a sus pies hecha un
ovillo. Disfruta de mi debilidad, lo sé. Me agarro a sus piernas y tiemblo,
todo está muy frío aquí. Tengo miedo, se
qué va a suceder y aún así me gusta imaginar de nuevo sus manos sobre mi
pequeño cuerpo, su lengua recorriéndome sin piedad alguna y la avaricia de su
piel buscando chocar con la mía. Me estremezco al pensarlo y él suelta una
carcajada. A ciegas intuyo que se ha arqueado sobre mí pues introduce dos de
sus dedos en mi boca lentamente. Son ásperos y definidos, fuertes. Mi lengua se
cruza con ellos, los acaricia, los mece y los acuna y mis labios hacen de
almohada. Entran y salen tan lentamente que comienzo a sentir un hormigueo en
el vientre, quiero más. Alargo una mano hasta su cadera y me agarro a ella,
toque donde toque en su torso siempre hay esperándome algún músculo frío…Estúpido
y cruel Adonis. Me agarra de la muñeca y me obliga a ponerme a su altura, me
tambaleo pero logro no caerme antes de que sus manos me rodeen con firmeza.
-Vaya, alguien me ha echado de menos ¿Eh?- asiento en
silencio y aprieta con fuerza sus dedos sobre mi piel, duele. -¿Me echabas de
menos? Dilo.
-Sí- un débil hilo de voz deja entrever mi estado y él
parece estar satisfecho.
Se acerca a mí y logro ver un destello que proviene de sus
ojos, lujuria. Sonríe y me besa con la misma brutalidad de siempre, sus labios
me placan, su lengua es el mejor detective que ha pasado por mi boca y sus
manos bastas me inspeccionan al milímetro.
De un empujón me obliga a caer de nuevo, pero pongo las
manos antes de encontrarme el colchón de cara.
-Quédate así.
Apoyada sobre codos y rodillas, tirito de nuevo, mi cuerpo
se sacude y ya no sé si es por el frío, las heridas o él. Siento su mirada
puesta en mí, en la escasa ropa que llevo, en los morados, en mi pelo enredado,
en mi piel cenicienta o mucho más simple que eso, en la postura que adopto. Oigo
un golpe seco y automáticamente comienza a dolerme una nalga, después
masajea la zona sin cuidado alguno y repite la acción varias veces, me excita. Se inclina hacia
delante y vuelve a meter dos dedos en mi boca, esta vez poco tiempo pues sus
planes son otros. Húmedos, siento como los roza suavemente contra mi ropa
interior y no puedo evitar querer que la aparte de una vez. Como si se tratase
de un milagro, el cielo escucha mi pensar y él decide eliminar la poca ropa que
hay entre su cuerpo y el mío. Me separa las piernas bruscamente y muerde una de
ellas. Me quejo. Ríe. Sé que el dolor será mi condena, pero cómo la deseo. No cesará más que con la muerte.
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