Cierro la puerta tras de
mí y nos encierro en nuestro mundo, el jazz me envuelve en cuanto entro, lo
hace todo más ligero y siento que floto. Dejo los tacones en la puerta y me
acerco a él sigilosamente, está estirado en el suelo hablando con el fuego. Botella
en mano, parece estar realmente en otro planeta. Me siento tras de él sin hacer
ruido y siseo pegando los labios a su oído: “Shh… que sepas que no te he echado
de menos.” Se gira y sonríe melancólico,
“Yo a ti sí” dicen sus ojos, pero sé que sus labios no me lo dirán, igual que
los míos no confesarán que han mentido. Tira de mi mano y caigo encima suyo
como cae una pluma si la lanzas desde una torre, luego me estira en el suelo
con cuidado y se acomoda detrás mío.
No interrumpo su visión del mundo, paso a
ser uno más en la danza de elementos que se mezclan en la sala…El humo baila
con el jazz nada más salir de su boca y como un gato ensimismado no puedo
evitar volar con él. Acerca el vaso de whisky a mi boca y bebo, el sonido del
hielo repica y cierro los ojos, el alcohol quema en la garganta. Oigo su
sonrisa de nuevo y siento sus ojos clavarse en mí, segundos después me
estremezco levemente, un hielo recorre mi espalda helándola y tras el frío
aparece el tacto ardiente de sus labios que, suaves y lentos se amoldan a mi
piel como si estuvieran hechos para ello; creo derretirme. El calor del fuego
lo rodea todo y las llamas parecen hacer el amor con el humo que aun vuela.
Miro el aire y me pierdo entre las formas que se dibujan en él “¿Sabes una
cosa?” susurra: “te odio, muñeca.” No
digo nada, ladeo la cabeza y suelto una carcajada hueca, muda. Me quedo
mirándole y me acerco a sus ojos, rozo mis labios con los suyos y espero a que
sea él quien los reclame. Y así lo hace, chocamos sin prisa, casi parece que
duela pero siento que puedo adentrarme en el más puro infierno en cuanto me
mezclo con su lengua, mejor que cualquier cielo conocido. Me aparta el pelo del
cuello y lo recorre con las yemas de sus dedos, baja con parsimonia el tirante
del vestido por mi hombro…Me doy la vuelta de nuevo, ahora mi espalda y sus
dedos se funden en un valse del cual será difícil salir con vida. Me dejo caer
del todo sobre el suelo, apoyo la cabeza y cierro los ojos. La mente se me nubla,
solo oigo el hielo chocar contra el vaso, el humo salir de su boca y el jazz
entrando en mis oídos. Me dejo llevar y todo se torna borroso, ahora solo
siento su mirada perdida tras de mí y el horizonte del fuego que sé que tengo
en frente: “Es hora de dormir por fin” Dice nostálgico. El valse no cesa pero
sí los latidos. Dije que no sería fácil salir con vida.
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