sábado, 31 de enero de 2015

Valse de diciembre; 2013.

Cierro la puerta tras de mí y nos encierro en nuestro mundo, el jazz me envuelve en cuanto entro, lo hace todo más ligero y siento que floto. Dejo los tacones en la puerta y me acerco a él sigilosamente, está estirado en el suelo hablando con el fuego. Botella en mano, parece estar realmente en otro planeta. Me siento tras de él sin hacer ruido y siseo pegando los labios a su oído: “Shh… que sepas que no te he echado de menos.”  Se gira y sonríe melancólico, “Yo a ti sí” dicen sus ojos, pero sé que sus labios no me lo dirán, igual que los míos no confesarán que han mentido. Tira de mi mano y caigo encima suyo como cae una pluma si la lanzas desde una torre, luego me estira en el suelo con cuidado y se acomoda detrás mío. 
No interrumpo su visión del mundo, paso a ser uno más en la danza de elementos que se mezclan en la sala…El humo baila con el jazz nada más salir de su boca y como un gato ensimismado no puedo evitar volar con él. Acerca el vaso de whisky a mi boca y bebo, el sonido del hielo repica y cierro los ojos, el alcohol quema en la garganta. Oigo su sonrisa de nuevo y siento sus ojos clavarse en mí, segundos después me estremezco levemente, un hielo recorre mi espalda helándola y tras el frío aparece el tacto ardiente de sus labios que, suaves y lentos se amoldan a mi piel como si estuvieran hechos para ello; creo derretirme. El calor del fuego lo rodea todo y las llamas parecen hacer el amor con el humo que aun vuela. Miro el aire y me pierdo entre las formas que se dibujan en él “¿Sabes una cosa?” susurra: “te odio, muñeca.”  No digo nada, ladeo la cabeza y suelto una carcajada hueca, muda. Me quedo mirándole y me acerco a sus ojos, rozo mis labios con los suyos y espero a que sea él quien los reclame. Y así lo hace, chocamos sin prisa, casi parece que duela pero siento que puedo adentrarme en el más puro infierno en cuanto me mezclo con su lengua, mejor que cualquier cielo conocido. Me aparta el pelo del cuello y lo recorre con las yemas de sus dedos, baja con parsimonia el tirante del vestido por mi hombro…Me doy la vuelta de nuevo, ahora mi espalda y sus dedos se funden en un valse del cual será difícil salir con vida. Me dejo caer del todo sobre el suelo, apoyo la cabeza y cierro los ojos. La mente se me nubla, solo oigo el hielo chocar contra el vaso, el humo salir de su boca y el jazz entrando en mis oídos. Me dejo llevar y todo se torna borroso, ahora solo siento su mirada perdida tras de mí y el horizonte del fuego que sé que tengo en frente: “Es hora de dormir por fin” Dice nostálgico. El valse no cesa pero sí los latidos. Dije que no sería fácil salir con vida.   

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