jueves, 9 de abril de 2015

"No seas nunca mío" (2013)

Le acaricio el pelo, está dormido y no puedo dejar de observarle. Su respiración tranquila me calma pero no soy capaz de conciliar el sueño. Miro el reloj, las cuatro y once. Se mueve apretándose más hacia mí; sonrío. 
-¿Sabes? -susurro mientras apoyo la cara en la almohada con cuidado- Todo esto es complicado, el amor, digo. ¡Ay! Si me escuchases pronunciar esa palabra ¿Qué dirías? Amor...
Decimos no sentirlo pero está en cada rincón del mundo. Amamos sin saberlo ¡Amamos! ¿No es maravilloso? Ya sé, ya sé, me he vuelto loca. "Arrestenla, ama las flores y el cielo, los pájaros y el mar ¡Está enferma!" Sé que reirías si me escuchases, reirías por no llorar o quizá porque no llorase yo, pero así es, o dime; 
¿No amas tú a las estrellas? No me malinterpretes, el mundo está confundido, por amar no me refiero a atar o poseer, amar es más parecido a admirar. Amas al pájaro que vuela porque te hace sentir libre, amas a las estrellas a sabiendas de que nunca serán tuyas, no las atas a ti ni les pides imposibles, no haces más que entregarte a ellas y dejar que te devuelvan la paz con su silencio ¿No es precioso? Así como te miro yo ahora, sabiendo que nunca serás mío, creyendo que nunca seré tuya. Y me gusta más así, no implicarme en tu trayectoria, no arder en tu impacto, miraros desde lejos e incendiar ciudades, bosques, pechos. Que no haya cuerda que te ate a estar aquí. No lloraré tu partida, no llorarás tú la mía, celebraremos con Vodka cada día compartido y no daremos rienda suelta a apegos innecesarios, a estructuras sociales que desestructuran el alma. Los dos sabemos que un "te odio" nuestro es mucho más que cualquier alago, no me jodas ¿No es más real esta locura que sus corazones y fechas? Creo en la libertad y en que el ser humano siempre viaja con ella. 

No seas nunca mío, te lo ruego, se como el humo que vuela a mi alrededor pero no duda en disiparse cuando debe. No seré nunca tuya, te lo prometo, seré como Luna que te acompaña en las noches para desaparecer por las mañanas. Como un invierno descosido entre sábanas, como el muñeco que abrazas de crío, como una vida entera a tu lado y una muerte entera en otra vida. 

domingo, 29 de marzo de 2015

El abrazo de "quédate hasta mañana" y el beso de "ojalá mañana no llegue nunca".

Dime que vas a mirarme una noche más, que no vas a desaparecer, que me perdí en tus pupilas y es tarde para volver. La luna brilla arriba y aquí abajo brillamos nosotros, que el cielo no es obstáculo para que no ardamos ni el infierno para que no volemos ¿Qué? Nada, comerme el suelo, mirar al cielo, el whisky sin hielo, mi vida truncada. Aún no conozco mi suerte, no creo que lo haga. me la labro cada día con la punta de los iris, no de las manos, esas solo son para tocarte. La tristeza y el amor correspondido se entrelazan en noches de sexo y poesía. Después de follar no fumo, escribo. Los ojos negros como el alma, la sonrisa torcida, el autoestima en la suela de las zapas. Heridas en las rodillas y en el alma, yo a mi dios le rezo como a mí me da la puta gana.  Me dicen "sigue adelante" pero están esperándome en la próxima curva para pincharme las ruedas. No sabían que yo vuelo, inútiles. La muerte me ha mirado a los ojos y ha salido corriendo al descubrir vida en ellos. No somos tan diferentes, yo me dejo las espinillas contra el asfalto por seguirte y tú los nudillos en el espejo por no entenderme, sigo dejándome las uñas en la pared cuando tu espalda está lejos. Tú quemando tus pulmones en ese cenicero, yo el alma en tus ojos. Los puños contra el espejo, el pecho en carne viva, los ojos hambrientos, tu piel bajo las uñas, yo no sé querer a medias. Tus muelas masticando mi corazón, tus manos en mi cintura, el libro antes de dormir, el café que acompaña el último cigarro.

El abrazo de "quédate hasta mañana" y el beso de "ojalá mañana no llegue nunca".

lunes, 23 de marzo de 2015

Mi planeta emocional.

https://www.youtube.com/watch?v=72xLRYnhxro


El aire es denso en mi planeta emocional,
un segundo más sin ti hubiera sido un suicidio,
no quiero hundirme en sus garras...
Dime que apagarás el sonido de la urbe que me desgarra,
que bajo este cielo pútrido aún queda esperanza.
Háblame de lo que hay más allá de los muros de esta jaula,
dime qué demonios van a escribir en mi esquela cuando muera...
Cuando deje de silbar el viento, cuando deje de sentir, como si lo quisiera...
Quisiera, volar por encima de sus vacías mentes,
cuéntamelo tú, tú que sabes qué se siente...
Llévame, llévame a lo alto, llévame dónde debas,
si tú saltas yo salto,
al precipicio de tus labios que me miran descuidados,
que se descuidan por un momento del lúgubre paisaje de mis ojos enredados
en las venas de tus brazos.
Llévame allí dónde el sol calienta en lugar de hacerse pedazos,
donde brilla el cielo azul y existen los abrazos sin puñales escondidos.
Joder...Demasiado tiempo en este invierno y sin abrigo.
Se que entiendes lo que digo, se que puedes comprender el alma,
por eso el corazón late tan fuerte que parece que se parta,
por sentir el tuyo encima de mi pecho, por bombear ese oleaje en llamas...
Llévame contigo amor, iniciemos el viaje,
llévame tan lejos que olvidemos nuestros nombres,
allí dónde lo único que sepa recordar el hombre sea un
"te amo".




domingo, 15 de marzo de 2015

De mi mundo al vuestro.

No he encajado nunca. Yo desnudaba a mis muñecas para que hicieran orgías con Ken, nadie me dijo "está bien, cariño". Lo estaba. Nunca acepté sobornos, no quería un "te lo compro y dejas de llorar" y creo que aún no saben por qué lloraba. Cuando llegaba del colegio lo único que me acogía eran libros, enormes montañas de libros acumuladas en los muebles de mi cuarto. Siempre que acababa uno me tumbaba en el suelo, cerraba los ojos y imaginaba como sería mi vida dentro de él. ¿Iba a luchar contra monstruos? Sí, y lo más crudo es que siempre he sabido dónde se hallaban esos temibles monstruos. Yo no abría la puerta del armario porque no me daba miedo, yo sabía que si algo debía asustarme era la voz que me hablaba cuando cerraba la boca. Al final fuimos amigas. Ella y yo. ¿Quién más debía tener cabida aquí dentro? Las niñas hablaban demasiado, querían ser princesas, luego crecían y empezaban a necesitar príncipes. ¿Sabéis? Al cumplir los doce yo solo necesitaba un lugar dónde hablar con las estrellas ¡Qué cojones! Nadie más entendería qué clase de enredaderas crecían en mi mente cuando no era capaz de comprender el lugar en que me hallaba. Rodeada de personas que juraban amarme y que lo hacían, yo miraba distraída la sombra de los árboles y me fugaba con ellas. Así crecí, persiguiendo a Luna, buscando lobos en bosques de pueblo.
No encajo. Es un hecho. El mundo humano no es para mí. No comprendo cómo alguien puede pasar horas hablando de fútbol sin cansarse, o de poesía, quizá de amor o de qué mal está la sociedad. No entiendo como pueden encerrarse en edificios de piedra, edificios altos que deslizan sus muros sobre nuestra cabeza para atraparnos, y lo hacen. Cómo pueden llamar "vida" a un día a día que se basa en ir del trabajo a casa y de casa al trabajo. ¿Quién dijo que debíamos llamar a eso vida? ¿Quién va a venir a decirme que dormir en un colchón lleno de chinches y beber vino del malo no puede hacerme feliz? ¿Por qué debería gastar mi dinero en coches y no en libros? ¿Por qué debería SER FELIZ? ¿Alguien tiene una remota idea de qué significa eso? ¿Es sonreír? ¿Es acaso no llorar? Discúlpenme pero si llamamos felicidad a ser estable, divertido y social, aquí me planto. 
No hay nada que me haga más feliz que llorar un domingo a solas frente al balcón. Que vomitar litros de Vodka un sábado a las cuatro de la mañana porque mi cuerpo ya no puede más. Nada me hace más feliz que mandar a la mierda a mi hombre, pegarle y que me devuelva su odio transformado en orgasmos. ¿Dónde queda el amor a la nostalgia? El real, digo. No hablo de querer morir, de poetizar heridas o de presumir de estar rota. Estoy muy entera, muy consciente, y de este modo puedo decir que me resulta infinitamente más placentero estirarme en el suelo y ver pasar las horas que salir a pasear por el centro de mi ciudad rodeada de hologramas perfectamente educados para obedecer. 
No voy a encajar nunca. Porque mis noches son sagradas, mi piel cuenta historias que ningún humano creería y mi meta es explotar. No voy a encajar nunca porque no podré hablar de mañanas, ni de luchas ni de ahorros. Tampoco de una casa en la playa ni de hijos, ni de cómo me ha ido en el trabajo. No voy a encajar nunca porque nunca vais a entenderme, ni yo a vosotros. 
Porque de mi mundo al vuestro hay diez lunas y un lobo aullando. 

viernes, 6 de febrero de 2015

Hacer el amor sin ser humanos.

Después de la eterna caída, de la oscuridad abismal en la que me hallaba vislumbré -por fin- un pequeño rayo de luz que se filtró por la ventana. Cerré los ojos con la expresión de quien nunca ha visto el sol.
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La habitación está a oscuras, la puerta cerrada. El mundo se ha quedado allá afuera y yo solo soy consciente de la línea dorada que dibuja la silueta de su espalda ante mis pupilas adormecidas. Se acerca a mí, despacio, y pega su piel a la mía; parece que el verano ha abierto las puertas del cielo y se ha acomodado en mi pecho. El calor de su torso pegado a mí me hace recordar los abrazos que mi madre me daba cuando era pequeña y tenía miedo por las noches, el beso en la frente que me dio mi padre cuando consideró que debía dejarme volar, la palmada en la espalda de un fiel amigo, el achuchón de "siempre estarás en mí" de mi mejor amiga antes de coger ese avión. Me devuelve el alma cada segundo que permanece abrazándome. Levanto mi mano y observo como los pocos hilos de luz anaranjada que hay en el cuarto se filtran entre mis dedos como si los quisieran esquivar, la apoyo en su espalda y me dedico a fingir que éstos son patinadores profesionales en las infinitas pistas que hay para recorrer por sus dorsales; costilla a costilla los patinadores saltan, vuelan, planean, chocan con el suelo y deslizan, bailan con el hielo -aunque este quema- y graban en sus mentes cada milímetro del viaje.
Igual que un gato ensimismado me pierdo observando su cuerpo desnudo frente al mío, su pecho caoba, las curvas que forman los músculos de su torso cuando ríe; oh, su sonrisa...Por un momento hay luz en la estancia, vuelvo a mi niñez y hago volar de nuevo la cometa que el mar engulló en la tormenta de mi vida. Me siento en mí después de años de pérdida. Ríe y río con él, y estallamos en mil batallas que nadie gana ni pierde; estallamos en estómagos que tiritan, en manos que se pelean por llegar antes a su destino y en lágrimas en los ojos, que terminan por llenarse de las imágenes más bellas. Jamás antes había sentido la complicidad infiltrándose en mi interior con tanta fuerza, la falta de corazas, el amor respirando fuerte a través de nuestros iris. Como si él fuese yo y yo él, no existimos más allá del otro. Entrelazamos mentes y cuerpos, rodamos, bromea, me enfado, me abrazo a él, no quiere, insisto, ríe de nuevo y entonces; firme, me atrae hacia si mismo. Las yemas de sus dedos se funden con mi desnudez acariciándola al ritmo de un valse lento de Chopin, desde mis piernas hasta mi clavícula, pasando por mi cintura y deteniéndose -con una minuciosidad casi excéntrica - en mis pechos, cruzando el lago de mis labios que se hacen agua si los roza, rodeando mi mandíbula y quedándose entonces totalmente inmóvil.
Siento su mirada clavarse en mi rostro y vislumbro su boca entreabrirse; viene a por mí despacio. Me besa. Deja caer sobre mis sueños la humedad de su lengua suave, de sus rincones por explorar, de las nubes que tiene por labios, y se enreda; se enreda con mis deseos y los hace realidad por segundos, se desvanece toda inseguridad y solo puedo pensar en cuánto tiempo he esperando a sentirme acunada por unos brazos que no me soltaran. "Te amo" susurra. Las cosas importantes se dicen en voz baja para que solo pueda oírlas quien deba escucharlas. Rodea mis hombros con un brazo y apoyo mi cabeza en su pecho, respiro hondo llenándome de ese olor a humo y hierba mojada, a cereza ácida. Me estrecha hacia si y me besa el pelo. "Buenas noches." y dormimos con la paz de un bebé recién nacido; aunque en realidad ¿Qué somos si no un solo ser que acaba de abrir sus ojos al mundo?




jueves, 5 de febrero de 2015

¿Y tú, a quién inspiras?

Inspiro a los astros a que giren en torno a mis pupilas alguna noche,
inspiro a los espejos a que hablen sin sentido,
a la luna a que se ausente cuando necesito respirar,
a los lobos a que muerdan; quiero heridas.
Inspiro a la vida a que me rete, a que suba el nivel por si me aburro,
a las nubes a que llueva, a que se congele para poder derretirla cuando le miro a él.
Inspiro a mi corazón para que cuide a los que ama,
inspiro a mi alma a que siga aunque todo pese,
me inspiro a mí a vivir, y eso es suficiente.


domingo, 1 de febrero de 2015

Tan ciega que no sé quien es.

Me gusta el repiquetear de campanillas con el viento
con el viento también repiquetea mi alma y yo no la oigo.
Me gusta el rugir de la lluvia,
que sabe que mis ojos no pueden llorar y me regala sus lágrimas.
Me gusta verle venir de lejos; venir o irse...
Tan lejos que no sé aún si va o viene,
tan cerca que se mezclan las pupilas,
tan ciega que no sé quien es...

sábado, 31 de enero de 2015

Estados alterados de una mente encerrada. (No busquéis sentido)

Pajaros, no cantan. Está varada, la estrella, no hay playa, se oye el mar. Arena. Arena en los pies, viento. No le gusta el vals. Pequeña, una esquina, corre, corre, cae y le duelen las rodillas, se hace pequeña, todo negro. No enciendas la luz. No enciendas la luz. A veces quiere Sali, las esquinas aprietan. A veces, quiere salir. Le da miedo. Debajo del agua, huesos. Me mareo, debajo del agua huesos, en el viento su cabello ¿Qué quería? Nada bueno. Canta. Canta agudo, dulce, flojo, suave, un hilo de voz y ella canta. La escucha el sordo. Ella no sabe que es sordo y el sonríe, el tampoco sabe que ella es muda. Pero canta. No enciendas la luz... Las cortinas rotas, rojas, quemadas, colgando harapos sucios, las ventadas con cristales a medias no reflejan, un camino de tierra, bosque viento y mar. No hay playa. Rompe un cristal, su mano sangra. Le sangra el vientre, lo aprieta, lo odia, lo siente, no quiere, no es suyo, le odia, le sangra, golpea, una esquina, las esquinas duelen. Debajo del agua, huesos. “Te quiero”. No es muda, el sordo no lo sabe, se ha ido, no es muda, es que no quiere que le hablen. Morados, arañazos, sangre, el viente crece, odia, golpea, sangre. Crece, Llora. No enciendas la luz, ellos no lo saben. Ellos lo saben. Lo saben. Llaman a la puerta, sangra, odia, se levanta y grita. No está. No dan las tres. No hay nadie.  “Lo siento, solo quería jugar.” Se oye. “No se juega con el dolor ajeno, niña.” “A mamá no le importa.” 16 años. Carbón. No existe. Es un espejo, la ventana. Una poesía encriptada, soy yo. “Resuelve el puzzle” se escribe, chirría. Me miro, a mí, no al espejo. El espejo está vacío, no hay reflejo, es ventana. No existe. “Estoy dentro” se oye. Miro por la ventana, niebla. Espesa, niebla, se oye una voz aguda, canta, nikosia, está cantando, veo el vestido negro pasear en la arena. Llaman a la puerta. La misma escena, la chica en la esquina, le sangra el vientre, llora, odia, lo golpea, se mantiene en silencio, me mira, “no lo entiendes”.  3. ¿Quién era? Solo 3. No las tres. No iban a dar las tres. Luna dijo que el astro giraría a las tres... Nunca llegaron las tres.. El astro giró. Sonríe. Estoy entendiendo. Huesos bajo el agua. Llora. Luna. Luna. Todo azul. Noche eterna. Frío. El lobo aúlla, dejan de llamar a la puerta. Miro por la ventana, el lobo aulla, ojos grises. “Estoy dentro”.  El lobo me mira, recuerdo. Bosque, olor a roble, a madera mojada, no hay viento. Salí corriendo. 19. No le quiere, recuerda. Por eso sangra. Bosque. Fui yo. Hierbas...¿Qué quiere? La entiendo. La entiendo. La amo. La comprendo. La miro, la entiendo. La perdono. Me abraza, “te quiero, gracias”. Descansa. Descansa, no hay cielo...La habitación vacía, el espejo. “Completa el puzzle, te quiero.” 

Eres fuerte.

Salgo del coche y echo a correr, el frío nocturno me invade meciéndome y salvándome del calor del día, me agacho y me quito los zapatos. Sigo corriendo, corro tanto que me duelen los pulmones y apenas respiro, me siento viva. Río. Vuelvo a reír. Freno. Miro al cielo y me pierdo entre las infinitas estrellas que se pueden observar desde aquí arriba, giro sobre mí misma extendiendo los brazos y el Universo parece girar conmigo. Doy tantas vueltas que me mezclo con los astros y ellos conmigo, me acompañan mientras intento acariciarlos con las puntas de los dedos, comienzo a saltar. Giro y salto atrapando a las constelaciones que se mueven sobre mí como si también quisieran tocarme, caigo. Caigo sobre un césped frío y mojado, pienso en lo que acaba de ocurrir y vuelvo a iniciar mi comedia particular, el aire entra y sale de mí con más fuerza incluso que mis carcajadas. Huele a campo, a libertad, a un sábado de verano, huele a incienso y lavanda, a humo y…Cereza ácida. Ladeo mi cabeza hacia un lado aun sonriendo; “Estás loca” dice. Sus ojos marrones evitan el contacto con los míos, pero sé que me ve igualmente. No parece divertirle mi espectáculo, sus facciones se endurecen cuanto más me mira y si no supiera que suele hacerlo no podría dejar de preguntarme qué está pensando. Él tiene esa mirada de interrogatorio que parece desnudarte constantemente, los labios formando una línea recta y la expresión seria. Me uno a su seriedad y respiro tranquila, momento de euforia superado. “¿Quieres?” dice alargando hacia mí la botella “Hoy no.” Contesto calmada. Me mira extrañado y encoge los hombros “Está bien.” Abandona la idea de la botella y se pone de pie tendiéndome una mano, sin hacer preguntas la acepto y me levanto. Me guía hasta una colina y frena en seco, estoy desconcertada pero mantengo mi silencio, confío lo suficiente como para que no me preocupen sus intenciones.  Se lleva una mano a la muñeca y desata el pañuelo que hay en ella “Ven, véndame los ojos.”  “¿Qué?” “ Nada de preguntas, hazlo.” Me extraño pero sigo sus instrucciones, le vendo los ojos y lo guío hasta lo más alto de la colina, frenamos delante de un precipicio y él continúa con sus órdenes “¿Hemos llegado? Ponme de espaldas a él.” Le giro y queda totalmente de espaldas al borde de la inmensidad “Dame las manos.” Se las doy  y espero.  Como quien juega en el patio de la escuela sonríe y se deja caer lentamente hacia atrás, le aprieto las manos. “¿¡Qué haces!? ¡Para!” Sigue inclinándose y comienza a pesar en mis brazos.  “¡Por favor!” Comienza a reír y me tiritan las manos “¡¡Basta!!”  Por fin parece que su rostro se relaja y su cuerpo vuelve a un ángulo normal, se baja la venda de los ojos y sonríe. ¿Sonríe? ¿Cómo puede? Aún con sus manos agarradas a las mías tiro de él y le alejo del precipicio “¿Estás loco?” Aún no me puedo creer que siga en frente mío sonriendo como si nada. "Confío en ti, eres fuerte" Susurra. Rompo a llorar. ¿Lo soy?

Cuando le conocí.

Entro a la sala y me hago hueco entre la gente, hay tanta que me cuesta respirar. Acerco el vaso a mi boca y bebo por última vez antes de tirarlo al suelo. El ruido del cristal rompiéndose contra éste no es más que un eco extendiéndose en el vacío de los oídos de quien realmente presta atención. Camino hacia delante decidida sin dejar de sacudirme por la música. El sonido eléctrico se me clava en los oídos y me hace vibrar con él, cierro los ojos y bailo. Bailo al son de una música que acelera constantemente enloqueciendo mis sentidos. Abro los ojos y le veo. Entre la multitud hay alguien que llama mi atención, sus ojos perdidos parecen verme pero dudo que sea consciente de lo que ve, su cuerpo se sacude como si pudiera ser su última noche en este mundo y ni si quiera le importase, me mira fijamente y sonríe. Arqueo una ceja. ¿Sabrá dónde se mete? “Sígueme” pronuncio, y parece entenderlo pues en menos de un segundo lo tengo detrás. Siento una mano en el hombro y me giro de inmediato, me empuja y choco contra algo duro; pared. Ahora sus ojos están clavados en los míos y podría asegurar que están hechos de fuego, mierda ¿Sé yo donde me estoy metiendo? Arrastra su mano desde mi hombro hasta mi cintura sin dejar de tocarme y se muerde un labio. Se lleva la mano al bolsillo y sin articular palabra saca de éste una bolsita con dos pastillas dentro.  Saca una y me la enseña sonriente; es roja y tiene dibujada la cara de un mono, no la conozco pero no me asusta así que entreabro los labios y dejo mi lengua a la vista. Me mira impresionado y se lleva la pastilla a la boca “A mí modo.” susurra mientras se acerca peligrosamente a la mía. Aprieta la mano que aún está en mi cintura y me estremezco, aprieta sus labios contra los míos y su lengua busca seguridad dentro de mi boca; se la doy y a cambio recibo mi premio, la pastilla. Veo como sonríe mientras aún me besa y sonrío con él. La pastilla comienza a soltar un sabor amargo y hago una mueca “Traga.” Ríe. Supongo que era de lógica pero no estaba concentrada en pensar. Trago y siento como la pastilla viaja por mí y se deshace mezclándose con mi sangre. Acerca un vaso a mis labios y bebo, el vodka alivia el sabor amargo.  La vista se me emborrona y veo como traga la segunda pastilla. Me mira de nuevo. Lo agarro de la mano y lo acerco a mí, miro el reloj. ¿Media hora? ¿Hace ya media hora que estoy con él? No puede ser. Ríe y creo que es consciente de lo que me acaba de ocurrir, me estrecha contra él y pega los labios a mi oído “¿Te preocupa perder el tiempo?” Siento su abdomen pegado al mío y puedo oír los latidos rápidos de mi corazón mezclándose con su voz y la música. Sí, sí me preocupa ¿Por qué no me ha besado más? No quiero contestar así que en lugar de eso me agarro a su nuca y le beso yo, no necesitará más respuesta.  Su lengua choca con la mía como si se conocieran de toda la vida, se entrelazan, se unen y se separan, se buscan. Y de repente siento que me he pinchado y el sabor a sangre me llena la boca, espera ¿Pinchado? ¿Con qué? Siento su sonrisa de nuevo sobre mi piel y algo brilla en ella, colmillos. Genial, un demonio. Lejos de acobardarme me agarro a él con más fuerza ¿Cuánto daría un humano por estar en su cama? Los sonidos son huecos y el aire parece no pesar, me siento acelerada y con la fuerza de mil huracanes, nada importa; la gente que pasa por delante nuestro, el humo en la sala, las chicas bailando, no importa. Le quiero más cerca. Pego mi pecho al suyo y gruñe, el ruido sale del pecho y llega a mis oídos como si tuviese delante a un león ronroneando ante su presa. Debo ser un caramelo a sus ojos y pienso ser de menta.  El mundo da vueltas a mis pies (sí, a mis pies) y me siento la reina de un baile que ni se ha celebrado aún. Intentando respirar me separo de su cuerpo y agarrándole la mano le guío fuera de la sala principal. Ser amiga del jefe tiene sus ventajas y esta vez van a servir de algo. Freno frente a la única puerta negra y saco la pequeña llave del bolsillo de la cazadora y la abro. Todo sigue igual que la primera vez que la vi y nunca pensé usarla, no así. La cama cubierta por sábanas blancas, las paredes color crema y el cabezal forjado en hierro. El escritorio lleno de accesorios  y el sillón. Tiene todo lo que necesito ahora mismo. Sonrío y entro tambaleándome, me sigue. Sabe qué clase de habitación es esta y muy consciente de ello cierra la puerta tras de sí. Me acerco a él, estira sus brazos hacia mí, los pasa por mis hombros y a medida que camino él me quita la cazadora. Me agarra de una sola mano y me hace girar sobre mí misma. “Quieta.” Le hago caso. Tira la chaqueta al suelo y se sienta en el borde de la cama. “Arrodíllate.” Lo hago sin pensar, sus ojos están tan clavados en los míos que soy incapaz de no obedecer. “Ven aquí, nena.” Dice lentamente, disfruta cada palabra. Gateo como puedo hasta el borde de la cama y mientras lo hago un hormigueo se inicia en mi vientre y recorre todo mi cuerpo.  Vuelvo a arrodillarme, pero esta vez mi mandíbula casi roza sus rodillas. Me agarra del pelo y con sumo cuidado me inclina la cabeza “Mírame” susurra. “¿Sabes quién soy?” Asiento. Ríe. “Oh, lo sabe! Está bien, porque yo sé quién eres tú y hacía tiempo que quería tener una charla.. A solas.” Desliza el dedo por mi clavícula y aparta mi pelo, baja el tirante del vestido hasta que éste cae sobre mi hombro. “De pie.” Me levanto del suelo.  Aprieta su cara contra mi cadera y el vestido es tan ajustado que casi puedo sentir su respiración sobre mi piel. Me ordena girarme y en menos de diez segundos el vestido está en el suelo, me estremezco.  Pasa las yemas de sus dedos por cada una de mis vertebras y me arqueo al tacto. Le miro fijamente y es mi turno, me siento sobre él y le empujo hasta que su espalda cae sobre el colchón. Desabrocho los botones de su camisa y con un solo gesto cae al suelo. Siento sus manos arder sobre mi cintura y sus labios se entreabren en busca de oxígeno. Me agacho sobre él y le beso de nuevo. Me separo un instante y recorro su cuello con la lengua, muerdo.  Rasgo la piel con los dientes y siento como la sangre me inunda la boca de nuevo. Gruñe y me clava las uñas en la espalda. “zorra.” Escupe entre dientes. “¿Estás seguro de saber quien soy?” juego con las palabras que salen de mi boca y él asiente satisfecho. Se libra de mí con una sola mano y en cuanto me doy cuenta estoy a solas en la cama. El techo da vueltas y río. Le veo acercarse hasta el escritorio y mi cuerpo se tensa. Vuelve con esposas en la mano y una vela. Sonríe y los colmillos relucen bajo la luz anaranjada de la lámpara.

Rodea mis muñecas con las esposas; son de cuero negro y están llenas de pinchos metálicos. Después las ata al cabezal de la cama evitando que pueda moverme. Chasquea los dedos y la vela se enciende. Se sienta sobre mí y me lame el torso de abajo a arriba. Su saliva brilla por la luz de la vela y su lengua está ardiendo. La vista perdida en mí y su mano libre recorriéndome con prisa. Con la templanza de un monje inclina la vela sobre  mí. No quiero mirar. Uno, dos, tres. Arde. Miles de gotas ardiendo caen sobre mi piel y arqueo la espalda mientras suelto un gemido. Vuelve a chasquear los dedos y la cera desaparece, la vela se apaga. “¿Eres mía?” dice mientras me muerde una cadera.  Asiento. “repítelo.” “Sí.” “¿Sí qué?” Muerde más fuerte. “Soy tuya.” Tiemblo al oír tal confesión salir de mis labios y él me agarra firmemente. Un líquido caliente resbala por mi cintura, sangre. La lame y succiona la herida, me mira y veo sus labios cubiertos de mi sangre granate. Se acerca a mí y me besa llenándome la boca de ella. Es ácida. Estiro la mano hacia la cazadora y automáticamente la bolsita que hay en el bolsillo flota hasta mí. La abro y meto un dedo en su boca, después en la bolsa y esta vez en mi boca. El sabor amargo me invade pero es agradable, los polvos blancos se pegan a mis dedos cada vez que los acaricio y su lengua los arranca sin cuidado. Una vez la bolsa está vacía reiniciamos nuestro ritual. El mundo da vueltas y yo estoy subida en él, su respiración sobre mi cuello parece eterna, las uñas en mi espalda, las marcas de sus manos en todo mi cuerpo y las sábanas blancas que parecen rojas. Sus dientes en mis labios y su cadera rítmicamente chocando contra la mía. Gimo en sus oídos, bailo bajo su cuerpo y le miro fijamente. “Sabía que no eras un puto ángel.” Escupe.  

Heridas del alma (Entiéndase el texto como una gran metáfora).

-Esto no va a ser bonito-dice casi escupiendo las palabras.
Me rodeo las rodillas con los brazos y me acurruco en la esquina del cuarto. La sala es pequeña y fría, las paredes son de un gris intenso y lo único mínimamente humano que se halla dentro de ellas es un colchón viejo tirado en el suelo.  Me duele el cuerpo entero, los morados y las heridas son tantos que ni si quiera puedo sentirlos por separado. Le miro con asco una vez más y no puedo sostenerle la mirada, me hundo. ¿Por qué mentir? Estoy cansada de ser fuerte, quiero llorar aunque me resulte imposible por el momento.
-Ven aquí, putita.-sonríe.
No me veo con fuerzas para moverme, no me veo con fuerzas para nada pero sé que si no voy lo lamentaré después. Gateo como puedo hasta el centro de la habitación y busco a tientas con mis manos su cintura, está arrodillado sobre el colchón.
-Bien, así me gusta, ven aquí.
Me acaricia la nuca y deja que me estire a sus pies hecha un ovillo. Disfruta de mi debilidad, lo sé. Me agarro a sus piernas y tiemblo, todo está muy frío aquí.  Tengo miedo, se qué va a suceder y aún así me gusta imaginar de nuevo sus manos sobre mi pequeño cuerpo, su lengua recorriéndome sin piedad alguna y la avaricia de su piel buscando chocar con la mía. Me estremezco al pensarlo y él suelta una carcajada. A ciegas intuyo que se ha arqueado sobre mí pues introduce dos de sus dedos en mi boca lentamente. Son ásperos y definidos, fuertes. Mi lengua se cruza con ellos, los acaricia, los mece y los acuna y mis labios hacen de almohada. Entran y salen tan lentamente que comienzo a sentir un hormigueo en el vientre, quiero más. Alargo una mano hasta su cadera y me agarro a ella, toque donde toque en su torso siempre hay esperándome algún músculo frío…Estúpido y cruel Adonis. Me agarra de la muñeca y me obliga a ponerme a su altura, me tambaleo pero logro no caerme antes de que sus manos me rodeen con firmeza.
-Vaya, alguien me ha echado de menos ¿Eh?- asiento en silencio y aprieta con fuerza sus dedos sobre mi piel, duele. -¿Me echabas de menos? Dilo.
-Sí- un débil hilo de voz deja entrever mi estado y él parece estar satisfecho.  
Se acerca a mí y logro ver un destello que proviene de sus ojos, lujuria. Sonríe y me besa con la misma brutalidad de siempre, sus labios me placan, su lengua es el mejor detective que ha pasado por mi boca y sus manos bastas me inspeccionan al milímetro.
De un empujón me obliga a caer de nuevo, pero pongo las manos antes de encontrarme el colchón de cara.
-Quédate así.

Apoyada sobre codos y rodillas, tirito de nuevo, mi cuerpo se sacude y ya no sé si es por el frío, las heridas o él. Siento su mirada puesta en mí, en la escasa ropa que llevo, en los morados, en mi pelo enredado, en mi piel cenicienta o mucho más simple que eso, en la postura que adopto. Oigo un golpe seco y automáticamente comienza a dolerme una nalga, después masajea la zona sin cuidado alguno y repite la acción varias veces, me excita. Se inclina hacia delante y vuelve a meter dos dedos en mi boca, esta vez poco tiempo pues sus planes son otros. Húmedos, siento como los roza suavemente contra mi ropa interior y no puedo evitar querer que la aparte de una vez. Como si se tratase de un milagro, el cielo escucha mi pensar y él decide eliminar la poca ropa que hay entre su cuerpo y el mío. Me separa las piernas bruscamente y muerde una de ellas. Me quejo. Ríe. Sé que el dolor será mi condena, pero cómo la deseo. No cesará más que con la muerte.

¿Dónde está la vida?

“Solo una vez más…” susurra. “Una vez más…” El eco de sus palabras resuena en mi cabeza y me abrazo a mí misma en un intento frustrado por sentir cariño. Miro al cielo esperando encontrar una respuesta pero lo único que encuentro son más preguntas. “¿Qué quieres de mí?” Le escupo a la luna, mis ojos se empañan y en el firmamento creo vislumbrar el destello de lo que una vez yo fui ¿Cuánto tiempo más podré con esto? Agarro la rosa que me cuelga del pecho y encerrándola en mi puño la beso, miles de imágenes me asaltan. Un abrazo de mi madre, mi padre lanzándome a la piscina, mis hermanas discutiendo, amigos, enemigos, amores pasados…¿Dónde está la vida? Pregunto en voz alta. “Dime ¿¡Dónde estás!?” rompo a llorar y me siento como una ola estrellándose en la orilla de una playa desierta, nadie escucha. Todo aquello que no era capaz de sentir choca contra mí con la intensidad de los mil golpes que traté de evitar, mil golpes que me llegan como la respuesta que estaba esperando desde hacía siglos, todo tenía sentido ahora, quizá no debía buscarlo antes, quizá no debía esperar más de la vida, pues se resume en algo tan sencillo y difícil como sentir. Sentir que... 

Valse de diciembre; 2013.

Cierro la puerta tras de mí y nos encierro en nuestro mundo, el jazz me envuelve en cuanto entro, lo hace todo más ligero y siento que floto. Dejo los tacones en la puerta y me acerco a él sigilosamente, está estirado en el suelo hablando con el fuego. Botella en mano, parece estar realmente en otro planeta. Me siento tras de él sin hacer ruido y siseo pegando los labios a su oído: “Shh… que sepas que no te he echado de menos.”  Se gira y sonríe melancólico, “Yo a ti sí” dicen sus ojos, pero sé que sus labios no me lo dirán, igual que los míos no confesarán que han mentido. Tira de mi mano y caigo encima suyo como cae una pluma si la lanzas desde una torre, luego me estira en el suelo con cuidado y se acomoda detrás mío. 
No interrumpo su visión del mundo, paso a ser uno más en la danza de elementos que se mezclan en la sala…El humo baila con el jazz nada más salir de su boca y como un gato ensimismado no puedo evitar volar con él. Acerca el vaso de whisky a mi boca y bebo, el sonido del hielo repica y cierro los ojos, el alcohol quema en la garganta. Oigo su sonrisa de nuevo y siento sus ojos clavarse en mí, segundos después me estremezco levemente, un hielo recorre mi espalda helándola y tras el frío aparece el tacto ardiente de sus labios que, suaves y lentos se amoldan a mi piel como si estuvieran hechos para ello; creo derretirme. El calor del fuego lo rodea todo y las llamas parecen hacer el amor con el humo que aun vuela. Miro el aire y me pierdo entre las formas que se dibujan en él “¿Sabes una cosa?” susurra: “te odio, muñeca.”  No digo nada, ladeo la cabeza y suelto una carcajada hueca, muda. Me quedo mirándole y me acerco a sus ojos, rozo mis labios con los suyos y espero a que sea él quien los reclame. Y así lo hace, chocamos sin prisa, casi parece que duela pero siento que puedo adentrarme en el más puro infierno en cuanto me mezclo con su lengua, mejor que cualquier cielo conocido. Me aparta el pelo del cuello y lo recorre con las yemas de sus dedos, baja con parsimonia el tirante del vestido por mi hombro…Me doy la vuelta de nuevo, ahora mi espalda y sus dedos se funden en un valse del cual será difícil salir con vida. Me dejo caer del todo sobre el suelo, apoyo la cabeza y cierro los ojos. La mente se me nubla, solo oigo el hielo chocar contra el vaso, el humo salir de su boca y el jazz entrando en mis oídos. Me dejo llevar y todo se torna borroso, ahora solo siento su mirada perdida tras de mí y el horizonte del fuego que sé que tengo en frente: “Es hora de dormir por fin” Dice nostálgico. El valse no cesa pero sí los latidos. Dije que no sería fácil salir con vida.   

El mundo será nuestro entonces aunque ya estaremos muertos.

Caerá sobre tus ojos el velo negro que me despide, lloverán angustias en mi pecho, lloraré las cien batallas que guardaba bajo las sábanas, gritará el amor por confundirse con odio. Subirán al cielo las almas puras, el mundo será nuestro entonces aunque ya estaremos muertos.

Deja que vacíe el corazón en líneas que no leerás, deja que hunda el bote salvavidas que me regalaste y luego ría, déjame y vete, que quedarte a mi lado es echarte al cuello un ancla de cien toneladas. Déjame y vete, vuela, que igual que viniste encontrarás camino de vuelta a las cuevas dónde solías refugiarte de mis tormentas, de los rayos que descargaban su electricidad sobre nuestras sedientas bocas. Sedientas del alcohol que le dio vida a nuestro sexo,  sexo que aniquiló cualquier esperanza de cordura en estas pupilas que se hablaban entre ellas más que nosotros mismos, que conocían los secretos que dormitan en los girones y recovecos de estas vidas tan insulsas. No te vayas, quédate esta noche, haz polvo los recuerdos que vomito entre coágulos de sangre, haz polvo las noches de ronda en las que te perdí, destroza con miradas las murallas que no te dejan entrar a castillo y encuentra en la torre aquello que siempre fue tuyo –yo-. Quédate esta noche,  volemos con los cuervos que sacaron a pasear nuestra locura, volemos con las gaviotas que dormían en Oniria. Quédate esta noche, que hace frío, que los parpados pesan, que el mundo agota, que muero si no me besas.